viernes, 9 de enero de 2009

Va de retro: Verano azul

Los Hombres G suenan tanto como antes, Rusia sigue haciéndonos la puñeta, se llevan los calentadores, se reabren centrales nucleares, se venden como rosquillas Érase una vez la Tierra y Barrio Sésamo, es cool llevar pines de V y del Comando G, tres millones de parados, Kiss FM, Gaza, recopilatorios de la movida...Cíclicamente se vuelve a los ochenta. Estamos en los ochenta, qué coño. Si hasta Felipe González sale todo el rato en los periódicos. Y ahora resulta que van a sacar un remake de Verano Azul, y en Nerja, claro. He estado reflexionando sobre este particular y me he vuelto medio loco, diversas ideas chifladas acuden desordenadamente a mi caótica cabeza....¿Quién hará de cada personaje? ¿Cómo se adaptará la serie a los tiempos modernos? En las siguientes líneas expondré el fruto de mis estériles y enfermas conclusiones. Pero espero comentarios y sugerencias. Como decían nuestros curas ochenteros: “discurran, discurran”

Pensando en la serie, me vino a la cabeza el personaje de Julia. Yo creo que lo recuerdo con claridad y está, en mi opinión, tomado directamente del protagonista de Muerte en Venecia: el escritor en plena crisis creativa y vital que se enamora en la ciudad de la decadencia de la belleza de un niño. A esta le pasa lo mismo, salvando la distancia: es una artista un tanto pluridisciplinar (igual te tocaba un chotis que te pintaba unos cuadros horrorosos y plenos de naturaleza nerjabunda) pero artista al fin y al cabo que se va de vacaciones para reflexionar y se queda prendada de la juventud y la inocencia de Pancho, Bea, Tito y el Piraña. Muerte en Nerja (así debería titularse el capítulo de la muerte de Chanquete).

Para los chicos Julia hace más que de madre de tía, vamos, que en vez de echarte el sermón porque llegas con los zapatos llenos de arena o no haces la cama te cuenta historias fantasiosas de viajes que por supuesto nunca realizó pero a nadie le importa, y te invita a unos refrescos. Y te pasa una mano por el lomo cuando te deja la novia o te baja la regla. Las madres la miran con recelo porque es un poco hippie, y es que no hay quien la apee de sus suéteres de rayas ni de la maldita guitarra: si las gafas fueran un poquito ahumadas, estaríamos ante una animadora de convivencias cristianas. El caso es que la actualización del personaje, en mi opinión, podría correr a cargo de Bebe o de la Mari de Chambao, mujeres corajudas donde las haya y que son en sí mismas la revisión del trasnochado hippismo setentero flamígero. Sobre todo Bebe (que además ya ha pasado por el cine de la mano de José Luis Cuerda) encarna la neohippie del siglo XXI, descalza por la vida y con más garra que una manada de guepardos. Lo de las canciones lo tienen fácil, y al igual que Julia, siendo muy sensibles con su género, dan un poquito de ambigüedad sexual al personaje. Pancho podría canear a Bea en alguna secuencia al ritmo del Malo, malo eres. No veo mal que toque la guitarra, pero al ser abiertamente perro-flauta debería, por ende, tocar la flauta y enseñarles a los niños mil y un complicados malabarismos al compás de su desafinada y estridente flauta, mientras el famélico chucho se desgañita ladrando y dando vueltas sobre sí mismo, exhausto.

¿Y de los demás? A título personal, desearía que Chechu, (aka, Aarón Guerrero) apareciese en la serie, no sé, por motivos sentimentales. Podríamos photoshopearlo y que siguiera haciendo de niño displicente. O podríamos ponerlo de jovencito apuesto, un poco pijo, con los cuellos del polo para arriba, haciendo de Javi o de Quique, intentando levantarle la camiseta a Pancho. ¿Y quién haría de Pancho? Este es un papel crucial y difícil, a mi entender. Pancho era un tanto desgreñado, un poquito egque, vamos, el típico quinceañero autosuficiente que gusta a las chicas, que solo aprobaba religión pero que lo arde si hablamos de cambios de bujías y de motos trucadas. Pero yo no sé si es tan atemporal como parece. Yo considero que tenía un toque de chuleta ochentero que es complicado conseguir ahora. Tras mucho reflexionar, considero idóneo para ese papel al bueno de Carlos el Yoyas, que además, podría darnos el gustazo de endilgarle cuatro yoyas al pobre Chechu ante la estupefacta e histérica mirada de Bea. (Este papel de Pancho le hubiera venido que ni pintado al malogrado Mané, aunque el pobre ya estaba muy encasillado en papeles humorísticos)

Para Bea me gustaría la hija mayor de Médico de Familia. Vale, ya sé que está un poco crecidita y no le va a bajar la primera regla durante la grabación, pero la tensión sexual con el Yoyas y con Chechu estaría asegurada. Además, daría muy bien el perfil de chica modosita y juiciosa y sensible que no obstante calienta un poco al personal. Y de Desi podríamos poner a su amiga feúcha. En cuanto a los niños, no veo problema alguno: con la sobredosis de gluten y bollería industrial que padecen nuestros pequeños, no será difícil encontrar en un casting a un doble perfecto del Piraña. Para Tito me quedo con el pequeño de Cuéntame.

Falta un Chanquete. El otro día me sugirieron uno que no recuerdo. Lo que tengo claro es que la serie, de hacerse adaptada a nuestros tiempos, debería sufrir alguna modificación. Por ejemplo, la escena de “No nos moverán” pide a gritos cambiar su ubicación: nada de ser realizada en un barco de chicha y nabo sino en una casa ocupada. O por ejemplo, a Bea podría hacerla tilín un dominicano bronceadito y vacilón que la seduciría con mil y una historias de climas más calientes y playas paradisíacas, un mulatón bailongo y perreón. Desita quedaría prendadita de un friki gafotas, que bien podría ser el chaval de la serie Aída haciendo, por fin, un papel hetero (doxo). Ya tenemos serie.

martes, 18 de noviembre de 2008

Canal Nostalgia


Eran las ocho en punto y había quedado a las ocho y media. Faltaba media hora, o sobraba, porque el lugar de la cita no estaba lejos. Así que me dirigía hacia allí despacio, caminando ociosamente y recreándome en la estampa vulgar que deparan los edificios comunes, iguales, casi en serie, que el ladrillo y los años sesenta nos dejaron en el Paseo de Zorrilla. Ni rastro de humanidad arquitectónica. Así que me asomaba a escaparates, portales o tiendas de golosinas. Hasta que me encontré con algo que me hizo parar en seco, y decirme que, la verdad, no había motivo para no entrar. Se trataba de una de esas galerías comerciales de los años setenta, casi ochenta, donde de pequeño solía perder el tiempo con mi amigo R, donde pasábamos la mañana del domingo entre chascarrillos y risas y suplementos de prensa. Había muchas tiendas de ropa, zapaterías y marroquinería, pero lo que sí recuerdo bien son dos cosas: el videoclub, con el póster de Platoon y La mosca y Nueve semanas y media, y el kiosko, donde cumplíamos nuestra única obligación dominical: traer el periódico, mientras la radio atronaba y tenías que hacer cola y se te colaban todos porque eras pequeño y empezabas a hacer el tonto y nunca te ponías del todo en la fila. No me gustaba nada ese kiosko. Los caramelos y los álbumes y los ejércitos de prusianos me los compraba en otro.

Por entonces yo no sabía nada de la tienda de discos, porque estaría cerrada, seguro, los domingos, y porque también era demasiado pequeño para tener conciencia musical. Años más tarde fui por allí otra vez, y ahí la encontré, en el piso de abajo. Fui con mi amigo V., devorador compulsivo de rock and roll y devoto de la tienda. Charly Blues era pequeña, familiar, los clientes se conocían, y el tío ponía su música (rock and roll, blues, soul....), tocaba él a veces, era realmente su negocio, vamos, que hacía lo que le daba la gana. Me compré algunos discos, pósteres, curiosidades (“esta tienda ya es un bazar raro”, le oí una vez al dueño, al verme entusiasmado con la carátula de Playboy en paro). Algún año después compartí piso con P, melómano empedernido, rockero impenitente, pero sin duda rockero de buen corazón, enciclopedia musical y asiduo, lógicamente, a Charly Blues. En su ordenador, en la carpeta imágenes, unas letras amarillas enormes, como si fuera un letrero, rezaban “Charly Blues”. Nunca le pregunté si hizo el logotipo de la tienda (él es informático) o simplemente, al diseñar algo, le vino a la cabeza el nombre de la tienda, como texto.
Por todo eso entré en estas galerías ochenteras. Era lunes y eran las ocho de la tarde, no esperaba gran afluencia, pero tampoco el desolador paisaje que encontré. Un pasillo enorme lleno de tiendas con letreros de “Se traspasa”, escaparates polvorientos, medio rotos, un espacio enormemente vacío y deprimente. Al estar en medio del Paseo Zorrilla no podía parecer un pasadizo secreto, pero el aire de gruta del terror sí lo tenía. Me alegré de encontrar una boutique rancia y una mercería, pero me entró cierto desasosiego al caminar entre escombros comerciales y detritos textiles. Ni un alma. Había dos tiendas abiertas, pero nada más que eso parecía indicar que la galería siguiese siendo lo que era, o al menos, comercial. Sorprendentemente, habían dado unas capas de pintura nueva, casi reciente, de color chillón, feo pero altivo, verde o azul intenso, en un esfuerzo postrero y sin duda inútil de remozar al abuelo cebolleta. Lo cierto es que me entró una pena terrible al ver qué quedaba de todo aquello, mi recuerdo de cuando era pequeño era de mucha gente con bolsas, mucho trajín, cierta actividad. Ahora estaba convertido en unos sótanos lúgubres, mortuorios, por mucho que se quitasen el luto y se fueran al hogar del pensionista a echarse unos bailes. Me entró un poco de miedo, porque no había ni Dios y se oían algunos pasos al fondo. Creo hasta que era Halloween... Pero movido por alguna fuerza extraña, en vez de marcharme por donde había venido, me armé de valor y bajé por la escalera recientemente pintada, con una capa gruesa y tosca y fea de Botox remedia todo. Y allí abajo, el milagro. En medio de la nada, de la oscuridad inquietante del sótano misérrimo, con las paredes desgastadas y plomizas, de repente, escuché algo de música contenida, como tapada por algo, aun así, inconfundible: un blues. Tardé un poco en reaccionar, pues ya no esperaba encontrar nada habitado en esta planta de abajo. Eché un vistazo y al fin lo vi, había un puerta de donde parecía provenir la música. Allí estaba yo parado, atontado, contemplando la puerta de Charly Blues. La puerta estaba cerrada, pero dentro había luz, de eso estoy seguro, y la música puesta. Quise entrar, llamar a la puerta y decir que venía de parte de mi amigo P, que me alegraba de que todo siguiese en su sitio. No sé porqué no lo hice. Digamos que lo hago ahora...

viernes, 7 de noviembre de 2008

El portero siempre llama dos veces


A pesar del nombre, Busi no era un peluche, ni un muñequito con luces verdosas ni nada por el estilo. Era portero del Barsa, o guardameta, o cancerbero, dándole épica al asunto, y echándole imaginación, y jeta, desde luego. Mi primer contacto con el bueno de Carlos fue una entrevista de García, podríamos estar hablando del año 93 o algo así, en la que mi adorado pequeñarra refería un terrible suceso, algo así como un partido navideño por la Amistad o la Coalición de Culturas o la Juventud o recurrente memez semejante en el que los juveniles del Barsa se enfrentaban a un combinado descafeinado en un pabellón de fútbol sala del extrarradio. García se hizo eco de tan pobre acontecimiento deportivo por algo lógicamente extradeportivo, y es que un imberbe Busi, aún más Carlos que Carles, y mucho más Busi que Busquets, compareció un tanto afectado, y no nos referimos a su natural afectación o pose, esa que tantos disgustos dio al barcelonismo, sino a que apareció borracho como una cuba y terminó el encuentro encarándose con varios aficionados que lo increpaban, mientras se tocaba los genitales y los desafiaba en pleno pabellón de la Paz y la Amistad de Cornellá. Examen de conciencia, contrición y posterior absolución butanera, dos Aves Marías y al primer equipo. Y qué penitencia. Diez años más o menos. Pero hijo, si vas a jugar al menos vístete de corto. Pero lo peor no es que jugase con chándal, no, es cómo le quedaba el chándal. Transmitía la misma sensación de profesionalidad que mi hermano con el chándal rojo de la marca Johan Cruyff’s (basado en un hecho real). Para entonces era más Busquets que Busi, porque los sufridos culés ya le dedicaban pocos apodos cariñosos (en mi casa, de cabrón para arriba). Era como ese grupo que te dicen que es bueno y te lo crees, pero...te parecen horrorosos. Joder, algo tendrán, igual los he escuchado poco.....Voy a darles otra oportunidad....Pues con este igual. Y hasta estabas deseando decir que hacía buen partido, cuando despejaba con un certero puntapié (por entonces se decía que era muy bueno con el manejo de los pies, lo que, para un portero, viene a ser el equivalente a un banquero muy solidario) o salía con acierto un par de veces (normalmente, hasta el medio del campo). Un día García, que en el fondo lo apreciaba desde aquella entrevista en que desnudó su indómito corazón chulanganero, se pasó medio partido de Champions admirando las intervenciones de, ese día sí, Busi, hasta que decidió ser Busquets y meterse con el balón en su propia portería, tras un centro sin aparente peligro. Han pasado menos de quince años de estas cosas, y ahora su hijo triunfa en el primer equipo del Barsa. Valdano dijo una vez, tras quitarle dos Ligas al Madrid como entrenador del Tenerife, que le devolvería al Madrid todo lo que le había quitado como entrenador (evidentemente, si de Ligas no hablaba, de dinero menos). Pues el bueno de Carles (hoy ya es Carles, sin discusión) ha decidido devolver al Barsa como padre todo lo que le quitó como jugador. [1]


[1] Nota del autor: El autor siempre ha sentido debilidad por la persona de Carlos Busquets, una suerte de héroe iconoclasta de barrio, pendenciero pero de buen corazón. Agradecería que algún comentario me aclarase la posible relación que pudiera tener nuestro guardameta con el material de papelería Busquets, algo que, por otra parte, me ha obsesionado bastante desde ya una tierna edad. Gracias

martes, 7 de octubre de 2008

WALK FIT: LA TIENDA EN CASPA



No puedo dejar de ver el equivalente al Teletienda en diversos canales del TDT. El Teletienda debe contener, sin duda alguna, sustancias adictivas ilocalizables, como la Doritina de los Doritos o eso que tiene la Ginebra con Coca Cola que no sabes qué es, pero que gusta. Mira que uno tiene el culo pelao de disfrutar de estos anuncios, pero nunca jamás había visto uno semejante. Un tal Stuart (el Animoso) que va de graciosete, una calentorra casi cincuentona (Mimy o Vivi, haciendo el papel de “se las sabe todas”) y un médico que no se quita la bata en ningún momento, persuadiendo al personal acerca de las bondades de Walk Fit, las plantillas definitivas para los pies que te dejan como una rosa: se te quitan callos, calenturas, durezas y lo que haga falta, hasta el mal olor desaparece así, como diría García, a vuela pluma. El doctor empieza con una sesuda y juiciosa afirmación: “las plantillas deben adaptarse a los pies, y no los pies a ellas”. Sí. Sí, tiene razón, y es que es verdad. No puedes evitar asentir en casa, casi hechizado. Inicia entonces una diatriba contra las plantillas convencionales, que son muchísimo más caras y encima te dejan como estabas. Estas no, estas te cambian la vida, dicen los tres. Y no es para menos. Imagínate poder volver a disfrutar de actividades como bailar (y sacan a una pareja muy salsera moviendo el esqueleto), ir a los bolos (el cincuentón a ras de suelo lanzando una bola medida) o a la compra (la verdad es que dan ganas de quedarte jodido, como estabas, para el plan que tienes) Y encima por 40 euros te llevas las plantillas junto con una emulsión analgésica para los pies, que con humor denominan “aceite que tonifica pies y alma” y un adaptador para sandalias (no corráis si veis a un guiri con sandalias, calcetines y una goma blanca y azul asomando por los piececillos rosas y ocres. No es un loco, más bien es un visionario: es uno del millón cuatrocientos mil beneficiarios de Walk Fit). El dolor hay que atajarlo asevera el doctor, porque empieza en los pies pero puede llegar a los tobillos, rodillas y pelvis. Vamos, que te vienen de perlas también para lo otro (no sería temerario hablar de “panacea”). Para añadir magnitud a la presentación, ésta se celebra en un jardincillo propio de boda civil norteamericana donde los novios se darían un buen beso de tornillo al oír el “ya puedes besar a la novia”, pero en lugar de esto, aquí tenemos al trío calavera y a una multitud muy heterogénea (que suponemos sufrirá de lo lindo los rigores del dolor de pies y los juanetes) pues aplauden enfervorizados, viendo la luz al final del túnel. Tienen a la parroquia entregada. Hacen un par de pruebas que ilustran con creces la grandeza del producto. Por si alguien pusiera en tela de juicio la comodidad de Walk Fit, primero botan una pelota sobre un tablero de mármol para que veamos qué saltos pega; efectivamente, parece que tiene vida la pelota, para luego quedarse quietecita sobre la plantilla y un vaso de tubo que la circunda. “Walk Fit es suave como un cojín”, se permite Stuart. Marea de vítores. Ahora una apisonadora de 10 toneladas para comprobar la resistencia diamantina de las plantillas. A lo de diez toneladas Stuart se marca un gracejo casi alucinógeno: “anda, casi lo que pesaba yo antes de adelgazar”. La sota de bastos no solo no se ríe sino que le reconviene con un poquito de raspe. Que esto es muy serio, tío. Ala, y las plantillas ni se inmutan. Aéreo del público estallando en aplausos. Cómo se lo montan, los tíos (la que han organizado). Ahora nos explican que tal ha sido el éxito y la revolución de esta agua bendita, que Walk Fit ha organizado un viaje a lo Kérouac por toda Norteamérica, únicamente para recoger testimonios de clientes agradecidos, clientes, por cierto, de toda índole. El evento se interrumpe para ponernos el vídeo del On the road: se enfoca la enorme furgoneta con la que recorren Norteamérica (por los colores, recuerda a las que utiliza Pocholo, por las dimensiones, pensamos más bien en la que se guardaba a Kit en el Coche Fantástico). Y es que la furgoneta es muy amplia, como exigen las circunstancias, y convenientemente decorada con el emblema de Walk Fit (una poco original huella de pie, Kelme podría demandarlos) y el motivo de celebración en grandes caracteres tipográficos: millón cuatrocientas mil unidades vendidas (otros tantos clientes satisfechos). Se inicia la rueda de testimonios: una sexagenaria que dice padecer artritis degenerativa (ponen una melodía lánguida, enfermiza, parece que se fuera a morir de un momento a otro), pero no, la señora dice que desde que se mercó las plantillas es una mujer nueva y ya hace de todo. El doblaje es tan entusiasta que parece que de lo contenta que está se fuera a trincar al bueno de Stuart (lo cual no sería de extrañar, puesto que en una secuencia posterior y particularmente delirante, se echa un garbeo de lo más atrevido con una negraza al principio recelosa pero finalmente atrapada por el mundo de ventajas de Walk Fit). Sale también una anciana doblada de una forma tan amateur que más que parecer un doblaje parece que las estuvieran imitando o contando un chiste sobre viejos en el asilo. Dice que ya no haría una maratón pero solo porque las milagrosas plantillas ya la han cogido muy mayor. Para que no pensemos que el producto es solo para abuelos, sale una morenaza rebelde, de muy buen ver, que, con estudiada dejadez, dice que se lo recomendó su madre, y mira que la hace poco caso a su madre, pero en esto tenía razón la vieja de los cojones. Y para terminar, el testimonio de un mormón o evangélico, así jovenzuelo, de treinta y tantos, que confiesa literalmente entre lágrimas, que él no estaba nada católico, pero lo que se dice nada, hasta que Dios se interpuso en su camino dejándole las divinas plantillas y ahora, gracias a Dios, es un hombre nuevo (por un momento, parece que el anuncio va a dar un giro inesperado y que las plantillas vienen acompañadas de Fuerza para vivir, porque empieza a sonar una música angelical y el muchacho entra en una especie de trance), pero no, en ese momento aparece su hija de trece años (vaya trece años, esa está ya pal macho), y se echa un partido de fútbol a cara de perro con el padre (para haberlo sabido Van Basten). Finalmente, un turno de preguntas para demostrar que las delicias de Walk Fit son absolutamente imprescindibles para todo el mundo. ¿Son recomendables para deportistas? Sería un error no tenerlas. Mi marido es funcionario, ¿sería adecuado comprarle las plantillas? Mi respuesta es sí. Mi hija ha tenido la primera regla...No continúe, se hace ya acuciante. Tengo un perro labrador que pasa muchas horas de pie...También hay adaptadores para perros. Mi mujer se ha apuntado a bailes de salón...¿Y a qué espera para darle una sorpresa? Soy heavy y me ajusto mucho pantalones y zapatos...Hombre, no me haga usted el favor...Soy diabético....También hay una versión con jeringuilla...Tengo la tensión alta...Sufro de hemorroides....Soy del Real Valladolid... Sí, sí, sí.

sábado, 28 de junio de 2008

Diario de un gruñón: Isn’t it ironic?


Avanzan las estaciones de metro y ahondas en los intersticios de las grandes ciudades, descubres viscosos tejidos marginales y olisqueas hediondas y tupidas glándulas suburbiales, mientras los nombres se vuelven grandilocuentes, idílicos...toda una declaración de principios: Calle del Progreso, barrio de la Esperanza, metro Prosperidad... Más que nombres de distritos parecen los principios fundamentales del Estado Social de Derecho... se queda uno turulato. Las ciudades más exóticas, las más afamadas capitales del mundo y los más bellos montes reconvertidos en desalmados y periféricos templos de hormigón y tiza negra, con sus tapias, patios de vecinos y obscenos carteles publicitarios retocados. Vaya tela. Nelson Mandela redefine el apartheid entre minorías realquiladas, el Príncipe Carlos de Inglaterra extiende sus reales atribuciones a los botelloneros del extrarradio, el maestro Garrigues imparte su magisterio con un desalentador índice de absentismo escolar. La calle Venecia está repleta de “gondoleros” mazas y tuneados. Ya ni quiero conocer el otro Manhattan. Hay más Jennifer en la guía de teléfonos de Alcorcón que en toda Norteamérica. Las camisetas de selecciones de rugby de la talla XXL están agotadas, los polos de promociones universitarias de los 90 ya no dan el pego. Nadie se lo cree. Ni siquiera yo, que estoy agotado. Once estaciones todos los días.

jueves, 15 de mayo de 2008

Homenaje al Pronto



Mi abuela la compra cada lunes desde hace treinta años, así que yo llevo leyéndola, pongamos, veinte años.

Si algo distingue a Pronto son sus adictivas secciones. Así, “El amor no tiene edad”, versión amable y optimista (y para todos los públicos) de “El cartero siempre llama dos veces” mediante la adaptación literaria del refrán “nunca es tarde si la dicha es buena”, va de amores a edades cuando menos, y siendo generosos, intempestivas. Con vocación de novela rosa seriada pero sin entregas, la trama tiene lugar en un único capítulo dividido en dos partes: la primera y más desgraciada, consiste en un desafortunado matrimonio con algún chuleta, de nombre común, un tal Carlos, que maltrató a nuestra protagonista al menos moralmente, hasta que murió éste o cayó en brazos de otra mujer joven y casquivana, deparando a su legítima esposa un futuro angustioso y sombrío con tres hijos a sus espaldas y cincuenta años en el coleto. En la segunda parte aparece el ángel, normalmente con un nombre un tanto ridículo, en plan Abundio o Robustiano, hombre que colmó a nuestra heroína de atenciones y la devolvió la fe en la vida y en los hombres, y cito casi literal. Como colofón, nuestra narradora, ahíta de amor, arenga a las desdichadas lectoras, como antes fue ella, para perseverar y no bajar los brazos: “Por eso, lectoras amigas, sabed que en cualquier momento os aparecerá, a la vuelta de la esquina, vuestro Abundio”. Qué horror. Moraleja: ponga un Abundio en su vida.

“Un hecho real”, como indica su título, contiene tanta carga de patetismo, tormento, dolor y pesadumbre que parece mentira que sea cierto. Vidas al límite: un paseo por el lado salvaje de la vida, sazonado con las dosis justas de traición, mentira e infidelidad. También hay un huequecito para el amor, cierto es. Sobre este particular, recuerdo un pasaje particularmente siniestro, y al parecer, hermosísimo, de una mujer que, habiendo hallado consuelo en un hombre que la había, por así decirlo, devuelto a la vida, ante la enfermedad en el ojo de ella, él, ni corto ni perezoso, decidió arrancarse un ojo, vamos, dárselo a ella para que viese a través y en vez de él. Tal cual. No está confirmado que la película Te doy mis ojos se base en este relato. Saturado de tanta historia, el lector llega exhausto a “Qué hubiera sido de mi vida si no...”, así que decide alegrarse la vista con la sección de salud y belleza. La revista se hace en Barcelona, y bien sabido es que por su proximidad a Francia, los catalanes se mueven entre la impudicia y la total desvergüenza, así que no había día en que no se colase alguna tetilla suelta si no en un reportaje, que también, (etapa dorada, a este respecto, fue la de Danuta, Sabrina y Samantha Fox) sí al menos en esta sección, pero en plan destape, así, sin ton ni son: “Jaquecas” y te salía la chica en pelotas y con cara de póker, (solo faltaba el subtítulo, “hoy tampoco toca”), “Dolores musculares”, y ala, otra vez a la cama .Pues con más motivo en la sección de “Vivir en pareja”, claro. De todas formas, tampoco te pierdas los consejos de belleza de las lectoras: cada una mandaba su particular truco, y sabe Dios que eran de lo más extraños (yo siempre me preguntaba de dónde podrían sacarlos): purés de patata para fortalecer los rizos, baños de gaseosa para endurecer los glúteos, friegas con manzanilla para “ir bien al baño”.¿Sabiduría popular o vicios inconfesables?

Sin embargo y, siendo sinceros, toda lectura del Pronto comenzaba por la página de "El médico responde", un consultorio médico al uso donde la viva estampa de la enfermedad, con palidez cetrina, ojeras, manchas en la piel y aspecto más que preocupante no era una alegoría del enemigo, el virus, sino la foto del matasanos, que con gesto adusto, presidía la página. En casa del herrero, cuchillo de palo. El pobre doctor era una réplica del magistrado Rosales en Veredicto: la ciencia tiene más autoridad cuando se presenta bajo las formas de la senectud. Un cáncer doce líneas, una vagina estrecha doce líneas, un pene curvo doce líneas: el saber constreñido a los márgenes y dictados de las revistas del corazón. Como corolario, un consejo final, regalo de la casa. Para un hipocondríaco como yo, la lectura de tantos síntomas, afecciones, tratamientos y deformidades me entusiasmaba y angustiaba a partes iguales. Y el médico era Dios, claro. Me encantaba la forma en que despachaba consultas tan dispares, cuadros médicos tan anómalos, sin inmutarse el tío, sin alarde ninguno, aunque es cierto que ayudado por un equipo de especialistas. "El psicólogo responde" venía después, con idéntica estructura, claro que no recuerdo que tuviera foto ni firma. Da igual: los psicólogos ya en esos tiempos no me despertaban simpatía alguna, ni ahora, la verdad, pues no me inspiran admiración: sus consejos son máximas dictadas por el sentido común y sus palabras siempre tienen ese tufillo totalizador y de cita que me estomaga. Cierto es que yo no gusto a los psicólogos, eso también es verdad, aunque no sé por qué. No hay entrevista de trabajo en que no me diesen por no apto, los tíos. ¡Pero si yo he dicho todo lo que tenía escrito en este papel! A ver, me gusta pasear, salir con mis amigos y ver cine en versión original, como a todo el mundo. ¿Un defecto? Eh, bueno, que soy un poco perfeccionista, creo, y a veces demasiado trabajador. ¿Una virtud? Pues esa, precisamente, el ser muy trabajador. Si, si, encantado, adiós, y ya sabes que la cita ha salido mal, que tiene tu número pero no te llama, el cabrón, y mira que le has extendido la mano firme y fuerte como viene en este manual tan simpático, pero no, para él no vales, no eres normal, y encima, malditas las ganas que tienes de saber quién se ha llevado tu queso. En el caso del Pronto el psicólogo iba de buen rollo, ni rastro de Recursos Humanos, un amigo invisible que sospecho redactaba él mismo las consultas por la naturalidad con que contestaba, y que, como poco podía ayudar, te sugería que hicieses de la necesidad, virtud, pero lo disfrazaba de poderosos eufemismos : pureza o libertad por vida sexual insatisfactoria o soledad. Un artista.
El resto funciona como una revista del corazón convencional, eso sí, con su consiguiente cupo de fatalidades y siniestros, para configurar una crónica negra que asuste convenientemente a las abuelas, pero también con secciones propias, muy graciosas, como la de curiosidades. Siempre me encantó esa sección: la mujer con los pechos más gigantescos del mundo, la niña con mayor hirsutismo facial, el niño lobo, la madre más prematura, el matrimonio con mayor diferencia de edad, la perrita que amamantó varios gatos, niños con macrocefalia, microcefalia, hidrocefalia....Diversión a raudales. Todo por un euro. La revista más leída de España. Y con razón.

viernes, 9 de mayo de 2008

La Latina: Los domingos ya no son una lata


Los diecisiete son democráticos, los treinta no. Por mucho que en la Latina, a priori, tenga las mismas oportunidades de llevarse a la cama a una pija un tendero que un ingeniero. Ya viene la marabunta endomingada, todos vestidos con sus mejores chándales: los domingos, en la Latina, toca clase de gimnasia. Ellas se ponen coletas: adiós a la inocencia. A los treinta no hay paraíso, pero bueno, algo se puede hacer. El sábado unos porritos y a la cama, que el domingo hay que trabajar. Y duro.

La Latina da respuesta a preguntas universales: ¿qué hay después de los veintinueve? ¿hay vida después de los treinta? La Latina es solidaria: hay muchas bocas bongueras que alimentar. Unos centimillos para la música. De críos se ligaba pidiendo mechero, aquí se liga pidiendo papel. Viene a ser lo mismo: la cantidad de testosterona no se crea ni se destruye, solo se transforma. Pero bueno, al final siempre ganan los mismos: el gafapastismo o gafafascismo: la dictadura de la gafa de pasta. “Los domingos en la Latina....son guays”. Eso es, guay. Te da hasta cosilla pedir un cacharro al mulato vasilón que pone copas. Mestizaje, sí, de eso hay mucho. Eso también es guay. Tremendas argentinas, fornidos mulatos, mexicanos con crestas...
Para que luego digan que los españoles somos racistas...¡Si son igual que nosotros! Hasta más guapos.

Membrillo y un poquito de queso, setitas y salmón. También hay huevos rotos, pero los amasijos de huesos treintañeros montaditos en un poco de lomo añejo piden pocas calorías, que el alcohol engorda. Todo es mínimo: la comida, las faldas, la música... un remusguillo, un runrún ligero e imperceptible de tambores en la marea de buerrollismo matinal. “Esa no cumple los...”. No, no los cumple. Pero sus cuerpos siguen incorruptos, apuntalados por los macizos muros de la depravación dominical y pandillera. Madrugan. Ir a la Latina es un trabajo.
Fuera, la Policía. Ellos también van a la Latina, pero nadie los ha invitado, ¡que se sepa! Patrullando, escuchan el Carrusel Deportivo o a Van Morrison lo que, por otra parte, todos haríamos de no haber inventado Dios un domingo la Latina antes de irse a descansar. Para qué queremos más, multa por fumar porros a un pobre desgreñado. Ya están los policías fachas, vienen a provocar. Que no hombre, que no, vienen a daros conversación. Y épica al asunto. Que ya no tienes hora para llegar a casa.